14. LOS PELENDONES

 

Del libro "CELTÍBEROS, etnias y estados", de F. Burillo

 

Los pelendones son la etnia celtibérica que más estudios de síntesis ha merecido, la mayoría centrados en la visión tradicional que los sitúa al norte de Soria y de la que tan sólo discrepa actualmente Ocejo, quien propone como alternativa las tierras burgalesas.270 Estas dos posturas surgen de la distinta interpretación de las fuentes que hacen referencia a los pelendones, en concreto Plinio y Ptolomeo; se nos plantea un problema similar al que veíamos con los arévacos, pues gravita en torno a la adscripción étnica de Numancia a unos u otros.

 

Las menciones expresas sobre los pelendones son de época imperial, Plinio al describir el convento cluniense señala: «Al mismo convento acuden los pelendones, del grupo de los celtíberos, con 4 pueblos, de los que fueron ilustres los numantinos».271 Desconocemos el nombre de los otros tres y se supone que estos pueblos corresponden a las ciudades que cita Ptolomeo. Como hemos visto, la mención de Numancia como pelendona contradice al resto de las fuentes conservadas, que la relacionan con los arévacos. En otro párrafo, Plinio nos informa sobre la localización geográfica de esta etnia:

 

El río Durio, de los más grandes de Hispania, que ha nacido entre lospelendones y ha pasado cerca de Numancia y luego corre entre los arévacos y los vacceos272.

 

Ptolomeo señala:

 

Y por debajo de los múrbogos están los pelendones, entre los que las poblaciones son:

 

Visontion

11" 10'  

42° 50'

Augustóbriga

11° 30' 

42° 40'

Savia 

12° 30' 

42° 40' 273

                                          

 

FIGURA 62. Cartografía de los pelendones según Taracena

 

También se ha querido ver una referencia a los pelendones en Tito Livio, quien al referirse a la campaña de Sertorio del 76, cita junto a los arévacos a unos cerindones, de los que no tenemos otra noticia.274 Unánimemente se acepta que es una variante del nombre de los pelendones, lo que implica su existencia al menos en los inicios del siglo I a.C. El silencio que les rodea en las fuentes del siglo II, donde se narran los enfrentamientos de Roma con los celtíberos, no es exclusivo de esta etnia, ya que, tal como hemos visto, también se observa en la fronteriza de los berones. Distinta es la opinión sobre el texto de Estrabón, que nombra entre los pueblos montañeses del norte a los pleutauros, bardyetas y allótrigas.275 Dichos pleutauros son normalmente interpretados como una etnia nueva desconocida en otras fuentes,276 al igual que los plentuisos, citados en el párrafo siguiente, que habitan cerca las fuentes del Ebro. Sin embargo, se ha defendido su correspondencia con los pelendones, dada su aparición junto con distintas versiones toponímicas de várdulos y autrígones.277

 

Las referencias de Plinio vinculando Numancia a los pelendones y la de Ptolomeo, que les asigna la ciudad de Augustóbriga, han sido la base de la reducción de esta etnia al norte de la provincia de Soria. Las primeras propuestas razonadas se remontan al sigloXVI, momento en el queJerónimo Zurita identifica Augustóbriga con Muro de Agreda a partir del Itinerario de Antonino, los miliarios que hacen referencia y la existencia de un importante yacimiento en este lugar.278 Nace la postura de que la localización de los pelendones tiene su centro en aquella ciudad, dado que no hay una identificación segura para Visontion y Savia, y si bien existirá alguna ligera variación sobre su ubicación, la investigación de Saavedra dejará el tema centrado a lo largo del siglo xx, cuando el estudio de los pelendones tomará nueva luz al ser analizado dentro de las teorías invasionistas.279 Con Bosch y Taracena surge la propuesta de su antigüedad y de su posterior arrinconamiento por los arevacos, buscándose para justificar este proceso histórico el correspondiente refrendo arqueológico.280 Taracena, en su estudio sobre los castros sorianos, vincula este poblamiento a los pelendones y por tanto a la entonces denominada cultura hallstáttica, por lo que los arevacos, considerados como invasores, quedarán identificados con la fase poshallstáttica. También en la estratigrafía de Numancia se querrá ver esta secuencia, y Schulten defiende la presencia de un primer nivel que atribuye a los pelendones sobre el cual se desarrolla la ocupación arevaca.281 Por otra parte, asocia la información que Plinio nos da de Numancia con una devolución por parte de Roma de la ciudad a los pelendones. Bosch reafirmará estas teorías y propondrá una de limitación exacta del territorio, contando tanto con la interpretación que hace de las etnias fronterizas, como de nuevos parámetros: así el topónimo navarro Filero será un indicador del límite antiguo de los pelendones, lo que le lleva a atribuirles la ciudad de Contrebia Léucada.282 Estos planteamien­tos quedan consolidados por Taracena en su estudio monográfico sobre los pelendones, donde ofrece una visión cartográfica de su extensión, limitada por relieves montañosos y restringida a todo el ámbito norte de la provincia de Soria, con ciertas coincidencias con los límites provinciales actuales.283 Su delimitación coincide en gran parte con la de Bosch salvo en el flanco occidental, donde está más reducida.284

 

 

FIGURA 62. Situación de los pelendones y etnias vecinas a partir de los datos de Ptolomeo

 

 

Los estudios posteriores no han alterado la situación geográfica otorgada. Me ceñiré únicamente a los aparecidos en la década de los noventa, entre los que se debe destacar la síntesis realizada por J. Santos, quien añade a las teorías tradicionales la relación de las unidades organizativas indígenas existentes en el territorio en que se fija a los pelendones.285 Si bien plantea la posibilidad, apuntada por otros autores, de que el área de Salas de los Infantes corresponda a los pelendones, se inclina por los criterios onomásticos de M. L. Albertos para alejar dicho territorio de la Celtiberia. Propuesta novedosa han supuesto las teorías de Espinosa y Usero sobre la existencia en el territorio riojano de Tierra de Yanguas, durante época romano-imperial, de un grupo humano social y culturalmente homogéneo, centrado económicamente en la ganadería vacuna y en el aprovechamiento forestal y que identifican por la práctica de una epigrafía funeraria común.286 Plantean la situación de estas estelas en el territorio de los castros. Sin embargo, la existencia de una onomástica ibérica, les hace proponer la presencia de un pueblo no céltico, que comparte con los pelendones el hábitat de castros pero que son cultural y étnicamente diferentes. No obstante, Gómez-Pantoja se inclina a pensar que la homogeneidad de estas lápidas es fruto de una officina lapidaria  y por ende carece de entidad étnica, lo cual no niega la aparente anómala presencia de la citada onomástica ibérica.287 En otro trabajo Bachiller y Ramírez insisten, dentro de la síntesis de estudios sobre los pelendones, en el proceso diacrónico y de formación de la cultura celtibérica.288 Su aportación desde el análisis arqueológico es que el fenómeno de los castros, aun presentando connotaciones diferentes, no es exclusivo del ámbito donde se ubica a los pelendones, ya que se los encuentra también en el territorio que se supone arévaco, lo cual anula la identificación étnica defendida por Taracena y Bosch. Los datos arqueológicos obligan a abandonar las teorías invasionistas arévacas y la posterior recuperación de los pelendones de su supuesto territorio nuclear a partir de la intervención romana. A falta de nuevos estudios arqueológicos, el problema con los pelendones es que sólo podemos establecer su situación a partir del estudio crítico de las fuentes de época imperial, distantes en varios siglos del fenómeno considerado de los castros sorianos, tiempo en el que la dinámica histórica ha tenido un proceso de cambio notable.

 

A partir de una aceptación total de Ptolomeo, Ocejo ha propuesto desplazar la localización geográfica de los pelendones al territorio burgalés, desvinculándolos por lo tanto de los postulados en que se basaban las anteriores identificaciones: su vinculación a la cultura de los castros y la identificación de la Augustóbriga de Ptolomeo con Muro de Agreda.289 Es interesante señalar que el precedente a sus conclusiones viene del siglo XVI, cuando Florián de Ocampo, siguiendo las indicaciones de Ptolomeo, sitúa a los pelendones en la mitad superior de la cuenca del Arlanza y busca la Augustóbriga de Ptolomeo no lejos de Burgos; por aquel entonces no se tenía la certitud de que esta ciudad correspondía a Muro de Agreda.290

 

Ciertamente, atendiendo al esquema de la posición relativa de las etnias que cita Ptolomeo, encontramos una visión esquemática de la forma que pre­sentan sus territorios y que en el caso de los pelendones se ha obviado constantemente, dado que contradice todos los planteamientos tradicionalmente aceptados. Ptolomeo los ubica de forma expresa debajo de los múrbogos (túrmogos), separando por lo tanto a éstos de los arévacos, que habitarían al sur de los pelendones, mientras que los vacceos se encontrarían al oeste, los berones al este y los autrígones al noreste. Se debe, pues, incidir en la situación de estas etnias que circundan a los pelendones para detectar el espacio que, por no cubrirlo, se deberá relegar a los pelendones de Ptolomeo.

 

En este análisis toma especial importancia la situación de los túrmogos. Los últimos estudios realizados sobre ellos hacen coincidir cuatro de las cinco ciudades que Ptolomeo les atribuye—Segísamon, Sisáraca, Deobrígula y Ambisna— con otras tantas mansiones que aparecen nominadas en los itinerarios romanos de época imperial, por lo que las discrepancias existentes dependen esencialmente de la situación del yacimiento imperial elegido para su reducción.291 En el caso de la quinta ciudad, Brauon, la elección se hace más hipotética y discutible porque Ptolomeo no da más noticias de ella. No obstante, las ciudades túrmogas se sitúan de forma consensuada al norte del Arlanzón. En cambio, se adjudicó a esta etnia una extensión cartográfica que la llevaba hasta el Arlanza, con lo cual se duplicaba el territorio donde se emplazaban las ciudades anteriores.292 Pese a corregirlo más tarde, 293 se continúa, como indica Ocejo, contradiciendo a Ptolomeo al ponerlos en contacto con los arévacos. En conclusión, los túrmogos se ubicaron entre los ríos Arlanzón y Pisuerga, ocupando un espacio fundamental en las comunicaciones entre el ámbito vacceo y la cornisa Cantábrica y el alto valle del Ebro, hecho que por otra parte deberá tenerse en cuenta para analizar su proceso étnico. A pesar de ello, no tienen un desarrollo en el relieve serrano sino que ocupan un ecosistema no muy distinto del vacceo, al extenderse esencialmente por las unidades morfo-estructurales burgalesas de la depresión del Duero y parameras de Arlanzón, unidad que tiene el significativo nombre de la Campiña, reflejo de su potencialidad económica del cultivo extensivo cerealista.294

 

A nadie se le escapa que esta nueva localización de los pelendones se contradice en el mismo Ptolomeo, ya que si la Augustóbriga que les atribuye y que conocemos por aparecer mencionada en el Itinerario de Antonino y en los miliarios, corresponde al yacimiento existente en Muro de Ágreda, se aleja del territorio donde la sitúa. Por otra parte, las coordenadas ptolemaicas llevan a hacer coincidir este yacimiento con la ciudad de Nova Augusta de los arévacos, añadiendo mayor confusión dado que esta ciudad aparentemente se localiza en Lara de los Infantes, esto es, dentro del territorio que Ptolomeo da a los pelendones. Todo ello pone en evidencia que Ptolomeo o bien erró en la situación general que otorga a los pelendones o lo hizo con Nova Augusta y Augustóbriga.

 

Para delimitar el territorio de los pelendones, Ocejo ha seguido de forma muy estricta el dictado de Ptolomeo: únicamente parte del análisis de los datos que le proporciona el autor y se deja guiar fielmente por la proyección de las coordenadas ptolemaicas que encuadran a los pelendones. Esto le lleva a desplazarlos de la actual provincia de Soria al territorio entre el Arlanzón y el Arlanza, dejando fuera el inicio del curso de este río; los núcleos importantes que cita corresponden a los yacimientos existentes en Villavieja de Muño, Lara de los Infantes y Huerta de Abajo. Sin embargo, si a la información de tipo general de Ptolomeo unimos la que nos proporciona la situación de las otras etnias que rodean a los pelendones, con la muy probable penetración vaccea en el tramo bajo del río Arlanza, nos encontramos con que el territorio pelendón se nucleariza en torno al curso alto y medio del río Arlanza y el nacimiento del río Duero, por debajo de los túrmogos, autrigones y berones. Es decir, y siempre dentro de la visión que nos ofrece Ptolomeo, los pelendones tendrían una posición más oriental que la defendida por Ocejo y englobarían gran parte del territorio soriano que para ellos defendió Taracena, a excepción hecha de Numancia. Entre los asentamientos con categoría de ciudad cabe citar Lara de los Infantes, donde estaría la Augustóbriga de Ptolomeo, y Canales de la Sierra; en este lugar se ha querido situar Savia, pero lo cierto es que el yacimiento no llega a época imperial.295

 

Los pelendones, según las únicas visiones tardías que de ellos tenemos, se asentarían en el flanco sur de las sierras ibéricas septentrionales y en el denominado corredor de Soria y Burgos.296 Territorio morfológicamente muy compartido y complejo, en el cual la serranía de la Demanda y de Neila configuran un verdadero islote húmedo entre las depresiones terciarias del Duero y el Ebro, da lugar a un paisaje boscoso con buenos pastizales y prados na­turales, a la par que es una importante zona metalogenética. Contrasta con este relieve el citado corredor de Soria-Burgos, en donde se abre paso el río Arlanza, desarrollando unos suelos que permiten tanto la explotación ganadera de sus pastos como el cultivo cerealista. Si bien actualmente el citado corredor lo recorre la carretera nacional que une Burgos y Soria, reflejo de un importante camino natural, lo cierto es que en época romana quedaba fuera de la red viaria más importante del Duero, centrada por una parte en el eje del río y en su paso por Clunia y, por otra, en el recorrido norte por los territorios de túrmogos y autrígones hacia el alto Ebro. Ello podría explicar que las ciudades pelendonas que cita Ptolomeo no aparezcan mencionadas en los itinerarios romanos.

 

 

F. Burillo Mozota

Del libro "Celtíberos, etnias y estados"

 

 


 

270. L. Villaronga (1979), p.168

271. F. Burillo Mozota (1986a)

272. M. García Garrido y L. Villaronga (1987)

273. L. Villaronga (1979), pp. 172 y ss., con importantes modificaciones cronológicas en (1994), pp. 249 y ss., aunque sin cambiar las cecas que incluye en el grupo.

274. Véase M. Ostalé (1987)

275. L. Villaronga (1977 y 1979)

276. Para la inscripción en la tésera de hospitalidad, véase J. Pellicer i Bru (1995)

277. A. Delgado (1873), II, p. 306

278. M. Beltrán Llorís (1967). Añade a esta identificación las opiniones anteriores de otros investigadores.

279. J. Untermann (1975), p. 318

280. L. Villaronga (1977); véase en (1990) sus críticas a la situación aceptada en Villasviejas de Tamuja.

281. L. Villaronga (1994), p. 406.

282. J. L. Sánches Abal y S. García Jiménez (1988).

283. J. de Hoz (1992b) y Mª P. García-Bellido (1995)

284. C. Blázquez Cerrato (1995); J. Pellicer i Bru (1995).

285. M. I. Ongil Valentín (1991), F.Hernández; M. D. Rodríguez y M. A. Sánchez (1989); F. Hernández Hernández (1993) y F. Hernández et al. (2007).

286. F. Hernández Hernández (1991, 1994).

287. Mª P. García-Bellido (1995), p. 267 y C. Blázquez Cerrato (1995), p. 254; la interpretación de J. de Hoz ha sido recogida por F. Villar (1995), p. 261.

288. J. L. Sánchez Abal y S. García Jiménez (1988), p. 153

289. Mª P. García-Bellido (1995), p. 212.

290. J. Jiménez Ávila (1990)

291. L. Berrocal Rangel (1995b).

292. C. Blázquez Cerrato (1995), p. 252; M. Beltrán Lloris (1974) y L. Villaronga (1990), p. 82.

293. A. Arévalo González y A. García (1994), pp. 8-10.

294. A. Arévalo González y A. García (1994), p. 10.

295. C. Domergue (1967) y P. Otero Morán (1993), pp. 49-51.

296. C. Domergue (1990); Mª P. García-Bellido (1986), pp. 36-37 y P. Otero Morán (1993), pp. 52-53.